Viernes, 19 Junio 2015 20:47

Con otra perspectiva

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Pasa el tiempo y, desde la distancia física y la frialdad emocional, las cosas pueden verse con múltiples perspectivas.

Alguien –en una conversación- ha sacado a relucir el nombre del Instituto de Investigación en Ingeniería de Aragón (I3A) de la Universidad de Zaragoza. Cada vez que eso ocurre, acuden a mi mente dos recuerdos que originan sentimientos diametralmente opuestos. Por un lado, la nostalgia del proceso de fundación del I3A y la ilusión que todos pusimos en construir algo que iba a ser beneficioso para todos su miembros. Por otro lado, la rabia de tener que dejar ese instituto bajo la errática dirección de quien llegó al cargo de forma accidental y fue capaz de dilapidar –como consecuencia de sus temerarias decisiones- el magnífico legado recibido de sus predecesores.

En lo que a mí respecta, las decisiones del actual director del I3A fueron la expresión de su más absoluto desprecio a todos mis años de trabajo y esfuerzo, siempre intentando fortalecer la imagen del Instituto. Es obvio que nunca recomendaré a nadie que ceda ni imagen ni frutos de su trabajo como yo lo hice, confiando como un pardillo en que todas las personas son buenas.

Pero las decisiones del actual director del I3A también fueron el desprecio a una «cultura de instituto» que él nunca entendió, fueron el desprecio a todos los miembros del I3A y fueron también el desprecio a los futuros directores que –por muchos años- tendrán que lidiar con las secuelas de una caótica gestión.

He recibido en los últimos meses muchas visitas y llamadas de miembros de todos los sectores de nuestra comunidad universitaria. Siempre diré que las que más agradezco son las de mis alumnos y exalumnos, pero quiero añadir a éstas una visita que me resultó muy especial.

Vino a verme hace unas semanas el que fuera primer Director del I3A. No me pidió confidencialidad sobre el contenido de nuestra conversación, pero tampoco deseo desvelar los detalles de la misma. Solo diré que el poso que me dejó esa visita fue el de «altura». Él conoció todos los detalles de lo que fue mi pelea por crear un gran laboratorio, incluidos los primeros pasos para poner en marcha una instalación pionera dedicada a la investigación en biomecánica del impacto. Siempre lo tuve a mi lado brindándome el máximo apoyo institucional.

Ese gesto consistente en personarse en mi despacho -abiertamente y sin sigilos- fue la gran inyección de moral que yo necesitaba en esos momentos… y a nadie se le escapa que el gesto también fue una auténtica «bofetada en la mejilla» para quien debería reflexionar muy profundamente.

El actual director del I3A no me quiso escuchar el día que le transmití que estaba harto de sufrir actitudes desleales, pifias, engaños, censura, intimidación, incluso un intento de soborno,… y todo ello con origen en las mismas dos personas de siempre que ya habían realizado otras «hazañas» en otra universidad española. No daré detalles porque son cuestiones muy serias y debe ser la Justicia la que poco a poco, previsiblemente a lo largo de algunos años, vaya haciendo su trabajo.

Lo que sí quiero contar es que cuando a alguien le narras las auténticas salvajadas que te están haciendo –invitándole a visitar personas responsables que podían corroborar todos los hechos- y cuando, frente a eso, te encuentras ante lo que podría compararse con un «avestruz ojiplático» que -antes de esconder la cabeza bajo tierra- solo es capaz de decir con voz nerviosa «te voy a pedir que me entregues el control de tu laboratorio», no negaré que la ira te invade y se queda contigo durante un buen tiempo, pero tampoco negaré ni esconderé que ahora ya solo veo en el «avestruz» a un pusilánime hombrecillo castigado por quienes le recuerdan lo mal que lo ha hecho y por saber que toda la memoria que de él quedará en el I3A será la de aquel a quien su empecinamiento solo le sirvió para destruir lo que otros construyeron con gran esfuerzo.

Se perdieron los contratos que mantuve vivos durante años  y -aunque parezca increíble- se perdió una gran instalación única en Europa, cuya cesión por treinta años a la Universidad de Zaragoza negocié con una empresa, y cuya instalación iba a financiar el Gobierno de Aragón, con todos los acuerdos ya supervisados por las partes intervinientes… sí, gracias a las ocurrencias del actual director del I3A esa inversión millonaria se perdió.

A día de hoy, aún peleo por recuperar algún efecto personal retenido por el I3A en el laboratorio que monté en MOTORLAND (Alcañiz, Teruel). Y también peleo por recuperar equipos que compré con cargo a mis proyectos y que necesito para poder seguir trabajando. Peleo, entre otras cosas, por equipos tan «valiosos» como una cámara fotográfica del año 2004 y una furgoneta de segunda mano. Cuando todo un director de un Instituto de la Universidad de Zaragoza se ve en la necesidad de oponerse a «liberar» tan preciados «trofeos»… poco hay que añadir para describir el nivel de su «grandeza» como director.

Por cierto, hoy mis hijas han llegado a casa con la buena noticia de haber aprobado todo. Ha sido otro día feliz.

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