Miércoles, 16 Marzo 2016 06:06

Y ella, ¿qué hacía allí? Destacado

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Me pregunta un amigo en Twitter «¿Qué muestra el vídeo?», refiriéndose a ese «gif» animado en el que aparece la directora de la Dirección General de Tráfico -en chanclas y junto al cubo al que nadie debía acercarse- en unas instalaciones de la Universidad de Zaragoza mientras realizábamos un ensayo con un cadáver.

La señora en cuestión ha tenido la desfachatez de decir que la inivitamos a estar allí. Nada más lejos de la realidad. Es radicalmente falso. Estábamos trabajando en nuestro ensayo con un cadáver humano, el primero que realizábamos de esas características. Era bien entrada la noche cuando, de repente, sonó el timbre de nuestro edificio. No esperábamos a nadie y no tenía ningún sentido que alguien viniera a visitarnos a esas horas, por lo que nos inquietamos un poco.

Pero la voz del marido rompìó el silencio que se había hecho:

- Je, je. Es María. Ha llegado un poco antes de lo previsto. ¿Le digo que pase?

La señora venía a pasar el fin de semana con su marido y se habían citado en mi laboratorio. Era la primera noticia que teníamos.

Quien conoce el entorno en el que se encuentra el laboratorio que yo monté sabe la sensación que uno puede experimentar si se ve allí solo en medio de la noche: ratones, zorros, aves nocturnas en vuelo rasante,... cualquiera de esos animlaes podía cruzarse en tu camino cuando era de noche. 

¿Qué debía responderle yo al marido? Por diversos motivos que ahora no procede detallar, la sola idea de tener que ver la cara de esa señora me descomponía. ¿Debía decirle que no entrara? No me parecía muy humano dejarla tirada en medio de la noche.

Por otro lado, decirle que entrara sería algo así como manifestar una especie de «aquí no pasa nada» que jamás iba yo a plantear ante semejante personaje. O sea, que tampoco me parecía bien decrirle «que entre».

Al final opté por un «haz lo que estimes oportuno» y -con la velocidad del rayo- el esposo se fue corriendo a abrir la puerta para recibir a la esposa.

Y aquí es cuando a todos se nos rompieron los esquemas porque, lejos de dejar a la esposa en un despacho o en una sala de trabajo, no se le ocurrió otra cosa que darle a la señora -con sus chanclas- esperpéntica entrada a la sala de ensayos.

Llevábamos más de quince horas de preparativos en medio de los constantes contratiempos derivados de la inexperiencia del marido en la preparación de este tipo de ensayos (fue una gran revelación que nos había hecho esa misma noche; no nos lo había contado, pero era la primera vez que el «experto» asumía la responsabilidad de preparar un ensayo de este tipo). En medio de la tensión que acumulábamos nos vimos en la tesitura de tener que recibir a la de las chanclas en una estampa grotesca que difícilmente olvidaremos los allí presentes.

¿Debía yo echarla y arriesgarme a tener una discusión con el marido, poniendo en peligro la conclusión de nuestro ensayo? ¿Debía hacer como si nada pasara? Al final, tragué mierda y me callé. Solo le dirigí la palabra para decirle en varias ocasiones que no tocara nada. Pero ni caso. Los que la conocemos sabemos lo mucho que le va eso de dar instrucciones, aunque sea hasta para jugar a las canicas. Ella iba para aquí y para allá y, cómo no, llegó el momento en el que ya no pudo contenerse,... y se desmelenó y se puso a dar sus instrucciones al marido. Ahí estaba ella, con sus chanclas y pegada a ese cubo rojo que todos queríamos tener lo más lejos posible. Fue una irresponsabilidad absoluta lo que hizo esa señora.

Cuando le conté estos hechos al director del instituto al que yo pertenecía (el mismo personaje que dio orden de cambiarme las cerrajas cuando decidí que iba a despedir al marido) me dijo que me lo inventaba... pero esto es el comienzo de otra historia.

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